Domingo. Encierro. Horas en el patíbulo. La esperanza del aire fresco por la mañana. La lluvia que limpia todo. Una queja. El mundo es una cubeta. No más amplio que un abrazo. Y mientras paso. Todo se apaga.
Un extraño sonido. Resuena desde la ventana. Agita las veredas. Cocina las neuronas de los que la transitan. Van y vuelven. Una y otra vez. No pueden refugiarse. El respaldo sin aviso. El ruego sordo. El grito mudo. La inclemencia de la noche. Daña y sigue. Camina sin destino. Se abrazan y continuan. Saben que no tienen más futuro
En una sola jugada. De un minuto a otro. Insondable. Imposible. Pero ocurre. Siempre. De nuevo y de nuevo. Penal de ultimo . Las apuestas se pierden. Todo queda en silencio. Lo tropelía. El engaño. El reparo. La ansiedad te obliga a seguir perdiendo. Como una mano que te guía. Pitazo inicial. Ya no escuchas nada.
La sordera. Esa que se busca y se consigue. Esa que se anhela y cobija. Cuando la pequeñez reina. Y la mezquindad atrae de moros a cristianos. Se solazan. Bullen de satisfacción. "Te lo dije." Todos sabían. La templanza queda desterrada. La sabiduría escasea. Se regocijan en la convicción de sus certezas. Ya no hay lugar a dudas. Son unos cerdos. Ahora, solo ahora, pueden dormir tranquilos.
La abominable convención de la rutina. El desperdicio de un anhelo idealizado. Huele mal y te quejas.
Manos a la obra. Cubiertas de sangre. Infinitas posibilidades. Un infierno. Un dolor de cabeza. Voces al unísono. El fastidio de un día tras otro. Todos iguales. Y no queda nada