Uno. Soltar la azarosa camisa de fuerza del destino. Trepar por la decepción concluyente y radical. Voces que rehuyen lo conducente. Voces que repican a la distancia. No lo crees, no lo entiendes, no lo sientes. No se trata de fe. Son caminos en ciernes. Te quedas afuera. Y esperas. Y esperas.
Dos. Hay alguien a tu lado. Te aferras. Lo sientes, no lo llamas. La oscuridad los abraza. Pero no les importa. El tibio abrazo del amanecer les espera. El tiempo es irrelevante. Seguirán ahí cuando todo se acabe. Y aunque no se vean, sabrán que están sonriendo.

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