Solo somos un
engranaje en la máquina. Incluso cuando pienso mucho las cosas, no resultan. Es
deprimente estar solo, meditar en exceso, sufrir sin sentido, esperar que todo
cambie. Nada sucede por arte de magia. Sin embargo, el peso de seguir vivo aquí
inflama las venas. No hay resultados, no hay ganas de participar. Los espacios
se achican y todo se vuelve negro. Pero por exceso de luz. El blanco me
desagrada, ese pálido reflejo de un sol en el cemento, sin matices, sin
rincones, sin escondites. La noche parece más acogedora, incluso al borde de la
esperanza. El sueño eterno de que todo puede volver a comenzar y será mejor.
Ese es el juego, la escondida. Cuento los días en que todo alcance el
equilibrio. El momento exacto en que no perderé más el tiempo. En que solo
exista el aquí y ahora en un balance
absoluto y sin límites. El brillo pasaje del cual no hay salida una vez que
entraste. Todo en la proporción perfecta, en la medida exacta, con el
cumplimiento de los requisitos y la negación de un futuro sin sueños ni un
pasado devorador. Los hábitos parece que fueran una rueda cuyo eje es la
perfección. Pero también existen los malos hábitos, esos que nos dan tregua, no
nos dejan escapar y nos asfixian. Espero poder convertirme algún día en el
protagonista de mis respuestas, en la línea y eje central de mi historia. Pero
las contradicciones me abordan, y no encuentro el minuto correcto, la palabra
precisa, el tiempo exacto ¿Acaso hay alguno? El frío de los azulejos se pega a
la parte exterior de mis piernas. No creo en fantasmas, pero ellos viven en
mente. Un zumbido perturbador e incoherente ¿Qué quieren decir? ¿A dónde me
llevan? Reconozco sus caras, y muchos siguen con vida. Son ecos, gritos que
acarrea el viento en los cerros. Un valle muerto que se seca por dentro
mientras todo es arrasado por el pasado. Las apariencias no engañan y todo es
lo que aparenta. Un acalorado embate de sangre al cerebro, un espacio de tiempo
en el que no hay deliberación, sólo sonidos, solo palabras, sin reflexión, sin
recuerdos ni afectos, sin memoria. Hoy más que nunca te necesito, pero no
estuviste ahí, nunca. Y te pido a gritos desde mi boca cerrada. Una contención
que por décadas ha llevado la amargura de la incomprensión. No sé quién eres ni
quién fuiste. Y hoy ya no queda nada. El mundo se puede acabar y tú seguirás
ahí, inmune, eterno. Sin atisbos de querer cambiar. Sin ambición de nada ni de
nadie. Recuerdo las luces de la cancha, el borde mientras jugaba, la esperanza
de que aparecieras. Esa ingenuidad era la que me mantenía con vida. Pero cuando
despiertas y la realidad es más oscura de lo que jamás pensaste, sueñas con
volver a dormir, que todo sea mentira. El tranco no se hace más fácil, y las
luces que caen rayos solo demuestras que hay gente que es capaz de seguir
avanzando pese a todo. A ellas confió y dedico mi vida. Ellos son los
verdaderos himnos de la humanidad. Un espacio de tiempo en el cual puedo seguir
creyendo que hay algo más allá. Que ese recuerdo no será capaz de enguirme. Te
conozco y te siento, solo espero que llegado ese cruce no tome el camino
equivocado.

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