En lo
concerniente a seguir sin vida, me declaro damnificado. Sigo a la deriva, por
un río turbio. Me aleja la corriente tibia, mientras me mece sin reposo. El día
se aleja y se derrite intespectivamente,
sin dejarme levantar la cabeza. Es la fiebre de una ira encomiable. La
falta de tolerancia y el delirio natural por no mirar las cosas con claridad.
Todo cubierto por el manto de la ignorancia y la ignominia. Destellos de locura
parecen la mejor opción. Porque el mar está revuelto y no hay quien sobreviva.
A nadie le importan los demás, y todo es difícil y complejo. La realidad
aparece por arte de magia, con trucos que mutilan a sus asistentes. Una broma
asesina que no deja títere con cabeza. La condena insufrible a escuchar, pese a
taparte los oídos. Directo al cerebro. Sin ningún filtro. Ya no hay cabida para
la reflexión. El exceso es el único camino, mientras todo se agota y mañana los
cuerpos ya no se levanten. Se trata de una pesadilla compartida. El acto
inoperante y elocuente de no pensar. Es cierto, solo existimos en el otro, en
ese lapsus de tiempo en que la gota cae y toca el suelo. Un murmullo que flota
en el espacio. Ese que no existe pero nosotros sí lo vemos. Un día todo se
acaba y a ratos ya no tengo miedo
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